rtve.esWeb oficial de Muchachada Nui. Vídeos, blog, foros y contenidos exclusivos. Los miércoles en La 2. Una producción de Hill Valley para RTVE

Muchachada Nui

Vídeos más populares: el peor dia de mi vida, celebrities, enjuto mojamuto, al fresco, mundo viejuno, perro muchacho, sketch, continuidades

Vídeos

Montgomery y Clift. El hámster

Montgomery le cuenta a Clift que ya ha encontrado a su hámster desaparecido

Puntúa este vídeo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (377 votes, average: 2.68 out of 5)
Loading ... Loading ...

Embed

Comenta ahora el vídeo »» (20 comentarios)

Vídeos relacionados

20 comentarios

  1. EkToR says:

    April 30, 2009 a las 9:49 am

    ufff, es lo que menos me gusta de muchachada con diferencia.

    Reply
  2. Skimy says:

    April 30, 2009 a las 9:50 am

    Bastante flojito

    Reply
  3. Bego says:

    April 30, 2009 a las 11:00 am

    En realidad donde dice tenemos una hora más es tenemos una hora menos, madre mía, me costó digerirlo jajajaa

    Reply
  4. Martinezx4 says:

    April 30, 2009 a las 1:46 pm

    Es muchachada a tope, me encanta, VIVA ALBACETE!!!!!!!!!!!!!!

    Reply
  5. muxaxos says:

    April 30, 2009 a las 3:30 pm

    en este no os habeis esforzao mucho eh cabrones, con lo q gozaba el de santa claus con el repeluco

    Reply
  6. enjutooo says:

    April 30, 2009 a las 4:05 pm

    a mi me encanto, pero el del monopatin por que no abla?

    Reply
  7. Firebrand says:

    April 30, 2009 a las 9:25 pm

    Demasiado absurdo para mi gusto :(

    Reply
  8. serjical says:

    April 30, 2009 a las 10:49 pm

    si a las 2 son las 3 tienes una hora de menos xD

    Reply
  9. caca dura says:

    May 1, 2009 a las 3:16 pm

    este es una caca dura

    Reply
  10. Zaska says:

    May 1, 2009 a las 5:25 pm

    Jajaja, pues a mi me gustan estos dos…

    Reply
  11. joak says:

    May 1, 2009 a las 7:38 pm

    mi nota: puta mierda

    Reply
  12. Mangafan says:

    May 2, 2009 a las 6:27 am

    La verdad es que esta muy regular, de los pocos epis que tiene esta serie no me molo ni uno. Es raro que siendo tambien de Joaquin Reyes el resto :3

    Reply
  13. fatydika says:

    May 4, 2009 a las 10:23 am

    jejejejejje… ke mongo… jejejeje…
    amí me gustaaa!!

    Reply
  14. Viajeritos says:

    May 4, 2009 a las 9:54 pm

    Un poco de mal rollo si que dan… (esto que voy a poner es una prueba, por si no lo entendeis, a ver si me sale un icono) :roll:

    Reply
  15. rodrigo says:

    May 6, 2009 a las 3:50 pm

    Geniales !!!! Hablará Cliff algun día??

    Reply
  16. adrian says:

    May 8, 2009 a las 5:46 pm

    joder que bueno!!!
    :D

    Reply
  17. pr uela says:

    May 9, 2009 a las 6:08 pm

    Punto de partida: una biografía y un comento. Punto de partida para emprender la carrera del cervantismo; para poder hablar de Cervantes con permiso de los cervantistas. La biografía es la escrita por Américo Castro; el comento -sobre el pensamiento de Cervantes- es del mismo Américo Castro. Puedo ya ser, con este viático en mis peregrinajes, en mis desvaríos, un cervantista; un cervantista pelgar, un cervantista drope, un cervantista zarramplín, un cervantista chuchumeco. Con mi ralo discernimiento, con mi dismirriada erudición, no podré ser otra cosa.

    En este punto de partida se dividen dos caminos: uno es el de la erudición; otro, el de la vida. El cervantista puede seguir uno u otro, a su talante, con su responsabilidad, sin que le ataje nadie. El camino de la erudición es áspero; el de la vida, acerbo. El erudito se consagra al papel; el imaginativo se dedica a la sensación. Nos atrae el documento, representativo de tiempo y de acción. El archivo es silencio y perseverancia. El hallazgo de ahora, estimula para el hallazgo de mañana. Cervantes, fragmentario, espera su totalidad. Podremos o no lograr esa totalidad en el conocimiento de su vida; pero lo procuramos con ahínco. Y luego -confesémoslo- hay un placer, un íntimo placer, en decir de Cervantes lo que los demás, antes y ahora, no han dicho. Y hay otro placer; todavía más hondo, todavía más secreto: el de saber lo que los cervantistas imaginativos, sensitivos, no saben. ¿Nos reportaremos o no? ¿Podremos ocultar o no nuestro despego por los cervantistas psicólogos? ¿Llegaremos a pronunciar la frase terrible, inapelable de «falta de preparación»?

    ¿Y qué pasa en el otro camino? Por el otro camino va el artista; el artista que puede enamorarse de Cervantes; que puede —6→ aspirar a sentir, a comprender, a compenetrarse con Cervantes. Sentir a Cervantes es, ante todo, actualizar a Cervantes. Para sentir a Cervantes es preciso, antes que nada, despojarle de toda arqueología. No tiene miedo el artista al error histórico; con error, como sin error, se llega a la sensación; la sensación de vida -en un determinado momento- que ha experimentado Cervantes y que nosotros tratamos de que experimente el lector. ¿Nos ufanaremos de nuestro desvío hacia la erudición? ¿Se establece la compensación, respecto del erudito, y si él ha pensado -no pronunciado- la frase vitanda, podríamos pronunciar nosotros otra frase aterradora: «falta de sensibilidad»? ¿Y por qué, sin acrimonia, para evitar la acrimonia, no llegar a la conciliación? Conciliación entre el cervantista erudito y el cervantista psicólogo. La confluencia -cordialísima- puede darse, por ejemplo, en un Gastón Paris y en un Raspón Menéndez Pidal. Los dos son eruditos, caudalosamente eruditos, y los dos son artistas, finamente artistas. Menéndez Pidal, sensitivo, penetrativo, nos enseñaría a tratar el asunto en seguida, desde el primer momento, sin fárrago preliminar, a guardar en los elementos del ensayo armónica proporción, a ser claros, a ser precisos, a ser exactos, a ser sencillos. No hay, pues, recelos entre eruditos y psicólogos. No hay contraposición de cervantismos. Si tan altos maestros han podido resolver el conflicto, aspiremos nosotros a resolverlo; aspiremos, aunque no lo resolvamos. Con aspirar, cordialmente aspirar, ya es bastante. Tan necesaria es la erudición, en el cervantista, como la sensibilidad. Y si no podemos llegar a un acuerdo, que cada cual vaya por su camino. ¡Qué le vamos a hacer! Cada cual tendrá, si los tiene, sus seguidores.

    —7→

    Cervantes
    No sabemos el día en que nació Cervantes; conocemos la fecha de su bautizo. Cervantes fue bautizado en Alcázar de San Juan el 9 de noviembre de 1558; se puede ver su partida de bautismo en la parroquia de Santa María. Alcanzó larga vida Cervantes: setenta y nueve años. Su vida puede dividirse en tres épocas. No hay en la vida de Cervantes ningún episodio notable; en cierto modo, sin embargo, todo es notable en la vida de Miguel de Cervantes y López. Lo excepcional en la vida de Cervantes son las temporadas cortas que pasó en Valencia y en Madrid; por junto, no llegaron a tres meses. El padre de Miguel fue Blas Cervantes Saavedra; la madre, Catalina López. Y vamos ahora con la vida de Cervantes, repartida en tres jornadas. El cenit de la primera lo marcan los treinta años. En estos verdes años, Cervantes se nos aparece como un hombre andariego: su principal esparcimiento -podríamos decir único- era ir a sus labores, paso tras paso, y recorrer también las fincas rústicas de sus convecinos. En las hazas propias, Cervantes se enteraba de todo: charlaba mano a mano con los muleros; les daba consejos acerca de cómo habían de coger la mancera, en el arado, y de qué modo habían de trazar los surcos; no olvidaba, naturalmente, el coger un puñado de trigo, cuando la simienza, y echarlo a voleo, si sembraba de tal modo, para que el sembrador aprendiese. Cuando se entresacaban las viñas, Cervantes, con su azada, entraba en docena con sus jornaleros. Y si era el tiempo de coger la aceituna, no se hubiera perdonado nunca en él no corregir, un tantico ásperamente, al insensato que cogiera el fruto por apaleo, y no por ordeño. (Plantaron sus abuelos un olivar; pero tal vez luego fue descuajado; los alcazareños lo sabrán.) Al terminar de inspeccionar sus labores, Cervantes recorría las de los amigos. Todos le saludaban con afecto, y los perritos, al verle venir, comenzaban a correr a su encuentro y le ponían las patas en los muslos. No faltaba bracero que le ofreciera un trago de morapio: entonces, Cervantes hubiera —8→ creído hacer un desaire si no tomaba la bota, y desde lo alto, dejaba caer en las fauces un hilillo tinto.

    Se tenía bien transitado el término de Alcázar de San Juan Miguel de Cervantes; pero vino la segunda etapa de su vida fue esta a los sesenta años. Entonces Miguel redujo su errabundez al recinto de Alcázar: habían disminuido sus fuerzas. No había amenguado su curiosidad. Al levantarse Cervantes de la cama, ya estaba pensando en las visitas que habría de hacer. Conoció antes hubrea por huebra todo el término de Alcázar de San Juan, y ahora llevaba en la uña, como se dice, toda la ciudad. Se detenía, lo primero, en el taller de un aperador; observaba cómo el artesano labraba arados, trillos, adrales de galeras, pinas de ruedas. De aquí se marchaba a ver cómo, en una botería, fabricaban odres, odrinas, zaques y botillos. No dejaba de visitar una fragua: le gustaba ver saltar las chispas del yunque, cuando los machos golpeaban el hierro candente. En fin, todos los oficios de la ciudad los conocía por menudo Cervantes; no se escapaba a su incesable corretear ni el más diminuto pormenor relacionado con Alcázar de San Juan. Y llegó la tercera jornada en la vida de Miguel; él, que había sido tan andariego, dentro y fuera de Alcázar, se vio obligado, por sus achaques, a no trasponer los umbrales de su casa. Pero la casa que tenía que recorrer era ancha, con corral y trascorral, con cámaras espaciosas, con lagar y con alfarje. Ofrecía espacio para devanear por su ámbito todo el día, subiendo y bajando. Los graneros, con sus alhoríes, no los habíamos mencionado: ello hubiera sido olvido imperdonable. En las trojes, respiraba Cervantes el penetrante olor de las semillas: trigo, cebada, avena, maíz. La despensa era dominio de la mujer de Miguel, María Ana Acacio; pero Cervantes, en tiempos de vendimia -y como buen manchego- asistía complacido a las operaciones del uvate, el mostillo y el arrope. ¿Y qué diremos de la matanza? No presenciaba Miguel el cruel degüello; le repugnaba; bajaba al patio en el momento de socarrar la piel. No es preciso decir que conocía al dedillo cuanto se refiere a los embutidos y modo de curar lunadas, perniles o jamones; aparte de que el solomo tiene también sus reglas esenciales.

    —9→
    Los achaques aumentaron: zanqueaba antes por la casa Cervantes, y ahora no se podía mover de un sillón. Pero tenían que venir ante él a contarle todo lo que pasaba en el pueblo y todo lo que se iba a hacer en la casa; no es qué Miguel fuera fisgón; acudían todos ansiosos de un consejo acertado. Junto al fuego en invierno, a la sombra en verano, bajo el emparrado del corral, pasaba las horas Miguel. En la ancha cocina ardía una lumbre de ceporros, leños de olivera y sarmientos. En el emparrado colgaban las uvas traslúcidas, entre el pampanaje de verde claro.

    —10→

    Posición de Cervantes
    Conocemos la actitud psicológica de Cervantes: la conocemos aproximadamente, por tanteos. No la conoceremos nunca con exactitud, completamente. Nos sucederá lo mismo con todos los personajes históricos; estamos condenados a ignorarlos. Si no nos conocemos a nosotros, ¿cómo vamos a conocer a los otros? Y más si son personajes sumidos ya, perdidos ya en el tiempo, en las lontananzas del pretérito. ¿Sabremos cuál es la posición de Cervantes? ¿Conoceremos su situación en cuanto a lo económico, en lo tocante a lo social? Cervantes nace en 1547; sus padres son Rodrigo y Leonor; Leonor tiene don; es doña Leonor; Rodrigo no lo tiene; no lo tendrá nunca Cervantes. Rodrigo es un cirujano practicón, no cuenta con clientela; doña Leonor es una señora procedente de familia venida a menos. Marido y mujer, con los hijos, van de tumbo en tumbo por las Castillas; por más que cambien de postura, no encuentran alivio, no digamos remedio, a sus estrecheces. ¿Y es este el ambiente que ha respirado Miguel de Cervantes en su puericia? Y este ambiente, ¿no es el de pueblo? ¿Y es que en tiempos de Cervantes, en la primera mitad del siglo XVI, había otra cosa en España sino aristocracia y pueblo? ¿Y cómo podía pertenecer Cervantes a la aristocracia? En la primera mitad del siglo XVI, cuando nace Cervantes, hay en España una aristocracia guerrera, eclesiástica, terrateniente; abajo existe una masa popular compuesta de labradores, labriegos y artesanos; con esta masa popular, inmersos en esta masa popular, están los elementos que hoy pudiéramos llamar pequeña burguesía.

    ¿Contaremos con algún documento que nos haga ver, patentemente, pintorescamente, a la sociedad española en la primera mitad del siglo? No nos interesa en este momento la aristocracia; queremos saber cómo era el pueblo, puesto que en el pueblo ha nacido y se ha desenvuelto Cervantes. El Lazarillo de Tormes se publica precisamente en este tiempo. Los personajes que juegan en la novela son: un ciego, ciego rezador; un clérigo, un hidalgo, un pintor decorador, un arcipreste de capital. Todos estos personajes, a excepción del —11→ bulero, no nombrado, se han perpetuado en la Historia; no son de un tiempo o de otro; no pueden adscribirse a una época o a otra. Son personajes fundamentales en nuestra Historia; son todos también pueblo: el pueblo de España. El ciego lo hemos conocido en nuestros días; subsiste todavía seguramente en provincias; una de las oraciones que estos ciegos rezadores rezaban por las casas era la conocida oración de San Antonio; en los cordeles, públicamente, hemos podido ver pendiente esta oración, en compañía de las aventuras de Blancaflor de Flores, con las del guapo Francisco Esteban; en Madrid, precisamente, el último puesto en que se vendían estos cuadernos de cordel estaba a la entrada de la calle de Bailén por la plaza de San Marcial, hoy de España, en una rinconada. ¿Y cómo no reconocer que el clérigo de Maqueda, el pobre clérigo, es el mismo clérigo rural, abnegado, sufrido, frugalísimo, que hemos también conocido y que subsiste asimismo en muchos lugares de España? ¿Y no diremos lo propio del famoso hidalgo, antecedente de Don Quijote, antecedente en dignidad, en nobleza y en callado sufrimiento? En cuanto al pintor de brocha gorda, patente está a todas horas en cualquier sitio. Como lo está algún arcipreste de Toledo, como en el aludido, o de otra ciudad española. El bulero, salvo sus artimañas, tiene también, si no su continuidad, continuidad histórica, su equivalente sucedáneo. No hemos de olvidar un taller de bonetería, establecido par de la casa, desmantelada, en que pasa sus estrecheces, a sus solas, el caballero, es decir, precisemos, seamos exactos, el hidalgo. Todos estos elementos, de un período de nuestra historia, son representativos de lo que era el pueblo en el mismo momento en que Cervantes viene al mundo.

    No ha de pasársenos por alto una circunstancia que tiene su indudable valor: el Lazarillo del Tormes es la primer novela, novela notable, significativa, en que el autor se concreta, se ciñe a la realidad: o sea, que por primera vez nos dice el novelista los nombres precisos de los lugares en que la acción se va desenvolviendo: Salamanca, Maqueda, Torrijos, Toledo. La Celestina es anterior; no nos ofrece tal singularidad; puede ser la Celestina de Salamanca o de Toledo; nos —12→ inclinamos por Toledo; en otra ocasión hemos producido las pruebas de nuestro aserto; la hija de Celestina, creada por Salas Barbadillo, a Toledo se dirige cuando comienza la novela, y no a Salamanca. Naciendo como nace Cervantes en el pueblo, siendo como es Cervantes pueblo, ¿cuál había de ser la más alta concreción de su espíritu? ¿Y qué es, en realidad, Don Quijote? Don Quijote es un elemento salido del pueblo y que aspira a la más alta aristocracia; Cervantes, salido del pueblo, se eleva a categoría aristocrática por su inteligencia. Don Quijote se impone a todos como mantenedor y defensor del Derecho natural, anterior y superior al Derecho positivo. Y si no queremos tal interpretación, atengámonos tan sólo a considerar a Don Quijote como un admirable practicador de una ciencia o arte que resume toda la vida jurídica: la epiqueya, o arte de interpretar las leyes. ¿Y qué es lo que este personaje, nacido en el pueblo, hace en todas las tierras por donde camina? Don Quijote es, por su natural, por su misión, un enlace, en determinado momento histórico, entre la aristocracia y el pueblo, en una sociedad en que lo intermedio, es decir, la mesocracia, no existe todavía. Y Miguel de Cervantes, creador de Don Quijote, asume y representa el mismo papel, la misma misión. Véase cómo el pueblo, merced al genio, se fusiona con la aristocracia y forman los dos elementos un todo social. Un arbitrista de la sociología podría decir que es ahora, gracias a Cervantes, cuando el pensamiento de los Reyes Católicos, pensamiento de unidad, de coherencia española, de trabazón íntima entre todos los componentes de España, encuentra, en lo espiritual, su plena realización. Don Quijote, en casa de los duques, es tan aristócrata como los mismos duques.

    —13→

    La actitud de Cervantes
    Cervantes se encuentra con unos galeotes. Cervantes vive, no en pugna con la sociedad, sino al margen de la sociedad. No posee nada; vive incómodamente en una casa incómoda; «come mal y a puerta cerrada», según un texto cervantino que Rodríguez Marín reputa autobiógrafico. Los valedores de Cervantes son casi nominales; algo definitivo por Cervantes no han hecho. Cervantes espera siempre, espera algo, aunque vagamente. Y no puede romper con sus pretensos protectores. ¿Y de qué valdría romper? ¿Y por qué romper? Cervantes ha vivido en el camino: toda su vida ha sido el camino. Quisiera él tener un momento de asiento, un momento sin zozobra. No lo ha conseguido nunca. Su verdadera sociedad ha sido la de las gentes que viven a la ventura. Hay en lo íntimo de Cervantes algo que le hace sentirse uno con los hombres que viven al margen de la sociedad. Ante la violencia o la injusticia, su gesto es el de cólera. «Casi siempre que hay algo de valentía o de travesura en quien se burla de las leyes o desafía a la autoridad -escribe Valera-, Cervantes, sin poder remediarlo, se pone de su parte». Los rasgos de Cervantes que esbozamos son los de la última etapa de su vida. Hay, naturalmente, en las obras de Cervantes algo que confirma el carácter del escritor. El patio sevillano que Cervantes nos pinta corresponde a la aventura de los galeotes. El patio es limpio; tiene el suelo ladrillado con losetas brilladoras de carmín finísimo. Produce todo el ámbito una sensación de bienestar. Se respira aquí orden e inteligencia. Cubre el piso, en parte, una esterita de enea. En una de las salas laterales, también con su esterita de enea, se ve una imagen de Nuestra Señora, en la pared, y debajo un cepillo para las limosnas y una pila de agua bendita. Y la nota delicada; en el centro del patio, un tiesto con una mata de albahaca. ¿Quién vive en esta casa? ¿Y quiénes se congregan en este patio? Los que aquí se juntan prestan a su jefe una obediencia indiscutible. Cumplen todos la pena que se les impone, según la ordenanza, caso de que incurran en falta. Es este el patio de Monipodio.

    Cervantes, o Don Quijote -es lo mismo-, se encuentra con —14→ unos galeotes. Nunca, ha escrito Cervantes ningún pasaje de su libro con tanta naturalidad, con tanta fluidez, como al pintar la aventura de los galeotes. Llevan a galeras a gente forzada, y pregunta Don Quijote: «¿Cómo gente forzada? ¿Se puede hacer fuerza a nadie?». Y se dispone a liberar a los forzados. Considérese bien la trascendencia de tal gesto. Ha tenido Cervantes la precaución de no poner entre los forzados a ningún reo de delitos de sangre: uno de los galeotes va por haber robado una canasta de ropa blanca. ¿Cómo por tal delito se condena a un hombre a cien azotes y tres años de galeras? ¿Y cómo va preso otro delincuente que ha procurado facilitar las relaciones entre amantes? ¿Y es que podemos tomar en consideración, siendo irrisorio, el que tenga querencia a la hechicería? ¿Y por qué llevan también a quien no ha hecho más que ser burlador de cuatro mujercitas? Pero todo esto es lo accesorio: lo esencial es que Cervantes, es decir, don Quijote, en campo abierto, en lucha con la autoridad, tiene este gesto. Cervantes, con tal actitud, nos dice más de lo íntimo de su ser que en todos los demás actos. Que Cervantes ha estado temerario, lo demuestra el hecho de que más adelante siente necesidad de justificarse; principio del capítulo XXX. Y todavía en el capítulo XLV y siguiente, Cervantes cree liquidar ese asunto, sin liquidarlo.

    —15→

    Complutense
    El complutense habló de esta manera:

    -No me he visto nunca en situación semeja; me invade una profunda melancolía. Estoy triste porque ignoro mi camino; el camino que debo seguir. Cuando leía la profesión de cervantismo alcazareño, me entró una irresistible comezón de reír. No era lícito, como hacía el vecino de Alcázar de San Juan, circunscribir el cervantismo, por lo menos, el mejor de los cervantismos, a Alcázar de San Juan. No era lícito adscribir a la Mancha la caballerosidad del caballero de la Triste Figura. No hay tanta distancia, geográfica y psicológica, de Alcalá de Henares a Alcázar de San Juan. No prorrumpí entonces en risotadas, porque al punto, a un sentimiento sucedió otro: a la jovialidad sucedió la indignación. Alcázar de San Juan sabe que su partida de bautismo, la de Cervantes, es una interpolación; sabe también que la partida de Alcalá de Henares es la verdadera. Y si la de Alcalá es írrita, ¿por qué las alharacas del vecino de Alcázar de San Juan? De súpito caen al suelo todas las fantasías. Por más que se pretenda, con restricciones discretas, aseverar que los alcazareños, son los depositarios del cervantismo, un nuevo cervantismo, símbolo de la caballerosidad española, siempre resultará que Alcalá de Henares resulta lesa con tal pretensión. Y eso no lo podemos tolerar los complutenses. Temblaba yo de ira: lo confieso. Hubiera hecho, en aquellos momentos, cualquier desaguisado. Pero pronto, puesta una noche entre el propósito y su ejecución, comprendí algo que hubiera sido contraproducente: queriendo yo afirmar con mi gesto airado el cervantismo de Alcalá de Henares, lo hubiera desmentido. La fe en nuestro cervantismo sería una cosa, y la decisión violenta sería otra. El caballero de la Triste Figura no hubiera procedido airadamente; con la más dulce serenidad hubiera resuelto el caso; recordaba yo los consejos a Sancho, cuando Sancho se partió a su ínsula. Y si Don Quijote, es decir, el propio Cervantes daba pruebas de comprensión y tolerancia, ¿cómo podía yo no darlas? La tolerancia me aconsejaba el —16→ esperar; un día viene tras otro. Y sobre todo, el conflicto entre los dos cervantismos, el alcazareño y el complutense, podía resolverse en una síntesis ideal. Hacia esa síntesis caminaba yo cuando me acudió una cierta idea que me dejó suspenso. Pero esto merece párrafo aparte; quiero decir, puesto que estoy pensando, no párrafo, sino una leve pausa para precisar mis pensamientos.

    La confesión es dolorosa: no he de retroceder; la haré con toda sinceridad. ¿Cuál fue la conducta de Cervantes con relación a su cuna, Alcalá de Henares? ¿Sabe nadie, por los escritos de Cervantes, que el amado escritor naciera en Compluto? ¿Lo puede rastrear nadie por alguna alusión, un rasgo ligero, una insinuación al correr de la pluma? No recuerdo en estos momentos de conmoción si en La Galatea alude alguna vez Cervantes a las riberas del Henares; sí estoy cierto de que al comienzo del libro se habla de las riberas del Tajo. ¿Y por qué este hombre que recuerda con delectación tantas cosas lejanas, cosas de Italia, no tiene ni una alusión para su patria chica? Nos deja entristecidos este silencio de Cervantes. Si yo me hubiera lanzado a la ofensiva, en el caso del vecino de Alcázar de San Juan, seguramente que el vecino aludido hubiera retrucado con este descuido de Miguel de Cervantes: en el caso de que no fuera más que descuido, cosa, improbable. Y entonces, trabada la polémica, todo hubiera redundado en perjuicio del hombre que pretendíamos los dos celebrar. Máxima de prudencia es no aventurarse en lances cuya salida no tengamos segura. Y ahora el desquite de las cosas: desquite de las cosas en este caso en que Cervantes no escribe ni una palabra respecto de su Patria. En 1725 publica Miguel Portilla su Historia de Compluto: dos tomos, y en total ochocientas sesenta y siete páginas. Estudia o menciona Portilla en su libro muchedumbre de escritores nacidos en Alcalá de Henares: Diego Martínez Sánchez de Cámara, Enrique de Villacorta, Juan Bustamante, López Deza, Pedro de Quintanilla, etc., etc. Y ni una palabra de Miguel de Cervantes. Claro que en esa época nadie pensaba en España en Cervantes; no podemos reprocharle a Portilla el que, conociendo el Quijote, fuera a la —17→ parroquia de Santa María a ver si en los libros bautismales figuraba la partida de Cervantes. ¿Por qué había de ir? El mismo motivo tenemos para pensar, si en ello pensamos, que pudo ir a ver si constaba la partida de Espinel o de Salas Barbadillo. Si Cervantes no había dejado rastros de Alcalá de Henares en sus libros, no era lógico que el buen Portilla husmeara en la parroquial. Y esta es la contrapartida, dolorosa, por cierto, del silencio de Cervantes. Y ahora, ya desfogado un tanto de mi cólera, vuelvo con más insistencia a mi tema: el de la asociación de los contrarios; asociación del cervantismo de Alcázar, y el cervantismo complutense en una síntesis cordial. Y no excluyamos de esa síntesis, síntesis de la caballerosidad española, a ninguna región de España. El caballero de la Triste Figura es de toda España, y su caballerosidad es modelo para todos los españoles. Con esto quedo tranquilo.

    —18→

    El batán
    X era poeta. En su divagar por la Mancha, X llegó a un paraje abrupto: entre un bosquecillo de «castaños y otros árboles sombríos»; se despeñaba de altos riscos un arroyo. X pensó que aquel debía ser el sitio en que se desenvolvió la aventura del batán, en el capítulo XX, de la primera parte del Quijote. Y a seguida pensó también que allí debía haber un batán. No era lo mismo pensar que debía haber un batán que debió de haber un batán: en ese distingo, es decir, en dos letras, en un vocablo de una sola sílaba, consistió toda la aventura de X. Debía haber un batán y lo hubo. La mañana estaba nubosa: había amanecido lloviznando. Se complacía X en imaginar que en una mañana como aquella, después de una noche temerosa, es cuando Don Quijote y Sancho descubrieron el batán. No quiso el caballero entrar en el batán, con sus seis mazos: continuó su ruta y entonces fue cuando le ocurrió otra de sus aventuras memorables: la del yelmo de Mambrino. Pero a X lo que le interesaba era el batán: el batán con sus seis mazos batanando, o sea, enfurtiendo el paño día y noche. X compró una ancha parcela de terreno y mandó labrar una casita con un batán. Antes de pasar adelante hemos de decir que este poeta, a pesar de ser poeta, era rico. Podía satisfacer sus gustos con anchura. Un ingeniero industrial, ingeniero un poco arqueólogo, construyó el batán. Ya tenía X su batán: un batán con seis mazos como el batán del Quijote. De pie, ante su batán, en otra mañana lluviosa, contemplaba X su obra. Tenía un batán; pero ¿qué es lo que iba a hacer el poeta con su batán? Los mazos daban formidables golpes: los daban en vano: No había en el batán paño que enfurtir. No era lógico que los mazos de un batán no enfurtieran paño. Decidió X que el batán batanara con utilidad; compró un rebujal: cincuenta cabezas de ganado lanar. Tuvo que edificarse una casa par a vivir él a par de su batán.

    Con X vivían otras gentes que se habían allegado a la empresa; construyó el poeta dos o tres viviendas -si no fueron —19→ más- para albergar a todos estos colaboradores suyos. Todos eran gente sin doblez ni mácula; estaban todos dispuestos a vivir la vida sencilla. Pero un rebujal no era bastante para lo que X se había propuesto; hubo que ampliar el número de cabezas lanares a una piara: trescientas cabezas. Con la lana de este rebaño podrían tejer paños; esos paños podrían, a su vez, ser enfurtidos en el batán. X mandó construir dos o tres telares de mano: no se sabe el número exacto; dará lo mismo que sean tres, o cuatro, o seis. Los telares iban urdiendo el paño que se destinaba al batán. El batán iba batanando, es decir, dando el cuerpo preciso a esos paños. ¿Y qué haría con los paños el poeta? En un almacén se iban almacenando; había ya muchas piezas de paño excelente: la lana no era churra, sino de la más fina. La gente que trabajaba con el poeta necesitaba reponer sus vestidos. Y habiendo buen paño a la disposición de todos, lo más natural era que se aprovechase. Hubo, pues, en el lugar del batán sus buenos artistas de arte sartorio: arte sartorio -un latinismo- quiere decir arte de sastrería. Los mismos que apacentaban el rebaño y batanaban en el batán, eran los que cortaban en el tablero de la sastrería y cosían los trajes. No eran cacheras lo que allí se hacía: cachera es un traje tosco de lana. Algo más que tosquedad tenían aquellos vestidos. Tenían el hechizo y la perfección de todo trabajo acabado: un trabajo en que se ha puesto fervor. La colonia había aumentado; ya era aquello una aldeíta; se vivía con sencillez encantadora. Se trabajaba y se holgaba. El sitio continuaba siendo tan ameno como cuando desierto. Los castaños daban sus castañas: las daban en sentido no figurado y maligno. Digo esto, porque ya sabemos lo que significa «dar la castaña». Pero si pienso bien la cosa resulta que, en efecto, estos castaños acabaron por hacer de las suyas; no adelantemos los acontecimientos. Todo se desenvolvía con sencillez idílica. El poeta había cumplido su sueño; no podía un poeta desear más. En el silencio de la noche, X trabajaba en su cuarto: los seis mazos del batán continuaban, como de día, dando sus formidables golpes. Pero el poeta no se atemorizaba cual Don Quijote y Sancho.

    —20→
    Y un día X tuvo que venir a Madrid: era preciso desgarrarse de su ideal, siquiera por unas horas. Pero en Madrid se iba demorando el momento de volver al batán. Si el poeta volvía se le planteaba un grave problema. Su sensación de la vida sencilla ¿sería la misma que en la primera etapa? Cuando tenemos una sensación delicada, sensación espiritual, sensación de arte o de vida, ¿es que en su repetición la gustamos del mismo modo, con la misma intensidad, con el mismo fervor? Los días iban pasando y el poeta no volvía a su Arcadia. ¿Volvió el poeta o no volvió? ¿Qué le imbuyeron los lejanos castaños?

    —21→

    El retrato X
    He visto el retrato X: retrato nuevo y presunto de Cervantes. Se supone pintado por Jáuregui; es una obra del siglo XVII; está perfectamente conservada; no tiene repintes. Si quisiéramos hoy pintar un retrato de Cervantes, para hacerlo pasar por un Jáuregui, tropezaríamos con grandes dificultades. ¿Lo pintaríamos en tabla o en tela? En una u otra forma, el análisis químico revelaría la modernidad de la pintura. Demos por orillados los primeros inconvenientes. Tiene ya el pintor el pincel en la mano; ante él está una tela o una tabla que es preciso ir cubriendo. El pintor ha de dominar su arte y ha de poseer otros varios conocimientos: precisa, ante todo, conocer la escuela, la tendencia, la manera de Jáuregui. Juan de Jáuregui es pintor y poeta; nace en 1583 y muere en 1614. No conocemos obras pictóricas de Jáuregui; gozó fama de pintor este poeta; pero sus obras han desaparecido. Decimos mal, no sabemos si contemplamos de vez en cuando alguna pintura de Jáuregui; posiblemente esta pintura de otro pintor que admiramos es de Juan de Jáuregui. En firme no podemos asegurar nada. Y si nos encontramos desamparados al tratarse de las pinturas de Jáuregui, habremos de recurrir a sus obras poéticas; recurrimos con objeto de lograr alguna partícula del ambiente propio de Jáuregui, que nos guíe en nuestra labor.

    Nos aguarda una sorpresa: Jáuregui no tiene color como poeta. Apresurémonos a decir que tampoco tienen color fray Luis de León, ni Herrera, ni antes Garcilaso; tal vez en Góngora encontremos, por excepción, color. El duque de Rivas, poeta y pintor, pintor de miniaturas, tiene color en sus poesías; Víctor Hugo, poeta y dibujante, nos muestra también sus dotes de dibujante en sus obras literarias. Hemos visto en París, en la casa de la plaza de los Vosgos, que ocupó algunos años Víctor Hugo, dibujos admirables del poeta; son dibujos en que campean violentamente las luces y las sombras. Toda la obra de Víctor Hugo es precisamente eso: un enérgico contraste de sombras y luces; continuada y formidable antítesis —22→ del mal y el bien, del progreso y la reacción. Jáuregui nos habla de la primera, por ejemplo: nos pinta «verdes ramas y frescas flores». ¿De qué color son esas flores? Nos pinta también «mil guirnaldas de colores». ¿Qué colores son esos? Lo especificaría un poeta moderno. Digamos, para ser justos, que el color en el arte literario es cosa de los tiempos actuales, nace con el progreso de las ciencias de la Naturaleza. Jáuregui tiene una poesía en que discuten la pintura y la escultura. Cada cual expone sus cualidades; el debate acaba proclamando la pintura las excelencias de la perspectiva: «en cuyo cimiento estriba cuanto colora el pincel; arte difícil y esquiva, y más que difícil, fiel». (Son compatibles lo difícil y lo fiel; no son inconciliables, como tal vez la rima hace decir al poeta: un hombre de carácter difícil, áspero, puede ser dechado de fidelidad.) No hemos, en suma, logrado nada con la lectura de las poesías de Jáuregui. Continúa su obra el supuesto pintor. Habrá de tener este, para no desbarrar, algunos conocimientos de la ciencia que en lo antiguo cultivó Juan Bautista Porta, y luego, Lavater, y después, Guillermo Duchenne. Si el pintor no conociera la ciencia -si es ciencia- de la fisonomía, se expondría a que cualquier rasgo de las facciones, en su retrato, estuviera en contradicción con otro. Y de todos modos podría resultar que su retrato careciera de aquel espíritu de Cervantes que debe tener todo retrato del autor del Quijote. En el caso presente contamos con un retrato literario trazado por el mismo Cervantes; pero ese retrato, con todos sus pormenores aumenta, paradójicamente, las dificultades de la empresa. Cervantes enumera las particularidades de su faz. La frente es «lisa y desembarazada»; la nariz es «corva, aunque bien proporcionada»; los bigotes son «grandes»; los ojos son «alegres». Lo primero que se nos ocurre es que si acentuamos los rasgos, la frente, los bigotes o la nariz, corremos el peligro de pintar una caricatura. ¿Cómo nos arreglaremos para hacer unos bigotes grandes? ¿Quién ha usado, entre la gente de letras que hemos conocido, bigotes grandes? Galdós usaba bigotes; Pereda también llevaba bigotes; Menéndez y Pelayo traía barba y bigotes; lo mismo le ocurría a Núñez de Arce. Pero, ninguno de estos bigotes nos satisfacen. Pensamos, en último —23→ extremo, en Gustavo Flaubert, con sus recios y caídos bigotes de antiguo galo. ¿Eran estos los bigotes de nuestro Cervantes? Las mismas dificultades encontraríamos respecto de la frente. Y la indumentaria del retratado, Cervantes, no ofrecería menores inconvenientes. En la mesa tengo un retrato de don José María de Pereda, hecho por Laurent, cuando Pereda estaba en la plenitud de la edad; nació Pereda en 1833 y murió en 1905. Su frente es ancha, como la de Cervantes; el pelo, espeso, aparece echado hacia atrás; los bigotes son grandes. Pereda era un tipo cervantesco. En este retrato usa cuello alto de los llamados «diplomáticos». Si Pereda hubiera invectivado la altura desproporcionada de esos cuellos, no le pondríamos, al hacer su retrato, una desmesurada tirilla; lógicamente habría de ser moderada, como esta que, en efecto, usa en su fotografía, y como es breve la gola que Cervantes, mofador de las golas crecidas, trae en el retrato X.

    El retrato X puede ser Cervantes y puede ser pintado por Jáuregui. Su dueño es el marqués de Casa Torres. Hemos contemplado largamente el retrato X. La mirada de Cervantes es una de esas miradas que sugestionan; mucho tiempo después de apartarnos del retrato, nos sentimos prisioneros de esa mirada; es un mirar el de Cervantes, en el retrato X, inquiridor, escrutador; diríase que la mirada lo es todo en el presunto retrato; se resuelve, al fin, después de estar escrutando Cervantes al mirador, en una infinita piedad o en un inefable desdén. Y desdén y piedad es en su obra y en su vida Miguel de Cervantes.

    —24→

    Serenidad y humanidad
    Cuando comenzamos a leer a Cervantes, una sensación se nos impone: la sensación de serenidad. Cuando avanzamos en la lectura, otra sensación completa la anterior: la sensación de humanidad. Es humano Cervantes en el desenlace de ciertos episodios, por ejemplo, el final de El celoso extremeño, en que el viejo obcecado colma de bienes, a la hora de su muerte, a la infeliz Leonor, y en que esta se retira a un convento, pesarosa y contrita. Si La tía fingida ha podido ser atribuida a Cervantes, no es ciertamente por ciertas frases y giros, que son impropios de Cervantes, aunque otra cosa crean ciertos cervantistas, sino por el final, netamente, auténticamente cervantino: una muchacha, que hasta ahora ha sido liviana, se corrige, y es, ya casada, una mujercita laboriosa y prudente, con lo cual encanta al suegro y hechiza al marido. Sereno y humano Cervantes, hay solo, extrañamente, en su obra, en el Quijote, una nota que nos sorprende: en la segunda parte, capítulo LXV, un morisco, Ricote, exalta, de un modo entusiasta, la expulsión de sus compatriotas, realizada por «el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar». No es ciertamente quien habla este morisco, sino el propio Cervantes. Y nos preguntamos: ¿Cómo, extemporáneamente, en lugar no a propósito, sin venir a cuento, ha podido Cervantes expresarse en forma tan ajena a su íntimo natural? ¿De qué modo podremos explicarnos tal incongruencia? Pensamos en el largo y azaroso cautiverio de Cervantes en Argel; tenemos entonces que atribuir a resentimiento personal estas invectivas; pero nos repugna hacer que Cervantes, con su serenidad, proceda por sentimientos bajos. Buscamos otro motivo y no lo encontramos. ¿Y cómo ha de ser por política? ¿Y cómo un morisco, que ha sufrido la expoliación, en parte, y ha visto cómo era separado de sus caras prendas, podrá hacer tales manifestaciones, adulatorias más que justicieras? La contradicción con lo sustancial de Cervantes, con lo íntimo de Cervantes, hace resaltar más la totalidad del carácter cervantino. En otros muchos pasajes vamos a neutralizar, —25→ con creces, este mal sabor que el dicho pasaje nos produce.

    ¿Cómo podremos comprobar el espíritu de Cervantes, sereno y humano, al mismo tiempo que nos demos cuenta de su técnica? Entre las Novelas ejemplares ninguna más a propósito, para nuestra experiencia, que Rinconete y Cortadillo; aquí está todo Cervantes: leámosla con cuidado y con amor. Miguel de Cervantes va a pintar el cuadro de una gente maleante, en Sevilla; él mismo ha visto a lo largo de su vida, en distintos lugares, cómo viven estos hombres; conoce bien su vida, sus costumbres; nos aventuramos a decir que existe cierta oculta, o no oculta, simpatía de Cervantes por estos hombres, que sin ser forajidos sanguinarios, están al margen de la ley. Sus vidas son vidas libres; la vida de Cervantes es una vida libre; sus vidas son azarosas; la vida de Cervantes es también azarosa. Ante el propósito de pintar el cuadro que hemos indicado, se le ofrecen a Cervantes varias dificultades; ha de resolverlas si quiere que la pintura sea propia de su carácter. ¿Y cómo hará Cervantes para lograr que, siendo realista la pintura, pintura de una asociación de indeseables, sea al mismo tiempo idealista? Esta es la mayor dificultad que resuelve Cervantes en Rinconete y Cortadillo. Ante todo, paremos nuestra atención en el lugar de la escena; poco a poco, sin que nos percatemos de ello, irán posesionándose de nuestro ánimo las dos capitales sensaciones cervantinas: serenidad, humanidad. Estamos en una casa de Sevilla; entramos en su zaguán y nos encontramos con el silencio y la limpieza. Avanzamos y vemos un patio: el piso de baldosín rojo está tan aljofifado, que parece que «vierte carmín de lo más fino». Antes, en una sala, hemos visto, puesta en la pared, una pilita de agua bendita: una blanca almofia. Y no falta, con la bendita agua, una estampa piadosa. Cuantos van entrando en la casa se producen con tacto y cortesía; respetan todos a quien tienen por su jefe natural. Obedecen todos a unas normas inquebrantables; lo que dice el jefe, eso es lo que acatan todos. Desciende el jefe de su aposento y entra en el patio; todos le hacen una profunda reverencia; los que no se inclinan se quitan el sombrero. Y el

    Reply
  18. Great Mike says:

    May 14, 2009 a las 5:27 pm

    @pr uela
    Si cuando dicen que no mezcles quieren decir que no mezcles. Pubillles.

    Reply
  19. queloco says:

    November 23, 2009 a las 1:10 pm

    pr uela bonic@ que ta pasao?

    Reply
  20. diego_enjuto says:

    May 23, 2010 a las 9:17 am

    pr uela ija ¿q añicos tienes?
    te ha dejao el mozo y tas desesperada¿??¿?

    Reply

Hacer un comentario

Atención: El comentario esta siendo moderado.

Los comentarios de esta web son abiertos y las normas para moderarlos son las que dicta el sentido común. Es decir, no escribas nada insultante, racista, sexista o que incite a cualquier tipo de violencia. Puedes dejar tu opinión libremente sobre los temas tratados en el post, pero si consideramos que esos comentarios no son adecuados por su tono, por su forma o por su contenido, nosotros seremos igualmente libres para borrarlos.

promoción

Buscador de vídeos

4ª temporada
3ª temporada
2ª temporada
1ª temporada

El blog

Muchach@ de la semana

Keyser Söze es nuestr@ muchach@ de la semana. La próxima semana tu foto podría estar aquí

Mojamuto en Twitter (